La Coctelera

Categoría: Ángel González

Avanzaba de espaldas aquel río...

Ángel González

Avanzaba de espaldas aquel río.

No miraba adelante, no atendía
a su Norte –que era el Sur.
Contemplaba los álamos
altos, llenos de sol, reverenciosos,
perdiéndose despacio cauce arriba.
Se embebía en los cielos
cambiantes
del otoño:
decía adiós a su luz.
Retenía un instante las ramas de los sauces
en sus espumas frías,
para dejarlas irse –o sea, quedarse–,
mojadas y brillantes, por la orilla.
En los remansos
demoraba su marcha,
absorto ante el crepúsculo.

No ignoraba al mar ácido, tan próximo
que ya en el viento su rumor se oía.
Sin embargo,
continuaba avanzando de espaldas aquel río,
y se ensanchaba
para tocar las cosas que veía:
los juncos últimos,
la sed de los rebaños,
las blancas piedras por su afán pulidas.
Si no podía alcanzarlo,
lo acariciaba todo con sus ojos de agua.

¡Y con qué amor lo hacía!

Mara Torres entrevista a Joaquín Sabina

El pasado 11 de marzo, Mara Torres entrevistó a Joaquín Sabina en su programa "La 2 Noticias", con motivo de la publicación de su nuevo libro "A vuelta de correo".

Me pareció muy interesante y emotiva, no sólo por escuchar a Sabina sobre el contenido de su nueva publicación, sino por recordar a las víctimas del 11M con "Yo me bajo en Atocha" por fondo... ¿Quién podría predecir en 1998 el significado de esos textos después de la tragedia?

"... pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid, pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid, pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid..."

Para bordar la entrevista, un recuerdo de los poetas amigos, los que están y los que se fueron. Estos son sus poemas:

Resumen
Luis García Montero

No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo
a los que no me haya doblegado.
Por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te doy,
por eso cuido tanto las cosas que te digo.

Un largo adiós
Ángel González

Qué perezoso el día
que no quiere marcharse
hoy a su hora.

El sol,
ya tras la línea lúcida
del horizonte,
tira de él,
lo reclama.

Pero
los pájaros lo enredan
con su canto
en las ramas más altas,
y una brisa contraria
sostiene en vilo el polvo
dorado de su luz
sobre nosotros.
Sale la luna y sigue siendo el día.
La luz que era de oro ahora es de plata.

La casa
José Hierro

Esta casa no es la que era.
En esta casa había antes
lagartijas, jarras, erizos,
pintores, nubes, madreselvas,
olas plegadas, amapolas,
humo de hogueras...

Esta casa
no es la que era. Fue una caja
de guitarra. Nunca se habló
de fibromas, de porvenires,
de pasados, de lejanías.
Nunca pulsó nadie el bordón
del grave acento: "nos queremos,
te quiero, me quieres, nos quieren..."
No podíamos ser solemnes,
pues qué hubieran pensado entonces
el gato, con su traje verde,
el galápago, el ratón blanco,
el girasol acromegálico...

Esta casa no es la que era.
Ha empezado a andar, paso a paso.
Va abandonándonos sin prisa.
Si hubiera ardido en pompa, todos
correríamos a salvarnos.
Pero así, nos da tiempo a todo:
a recoger cosas que ahora
advertimos que no existían;
a decirnos adiós, corteses;
a recorrer, indiferentes,
las paredes que tosen, donde
proyectó su sombra la adelfa,
sombra y ceniza de los días.
Esta casa estuvo primero
varada en una playa. Luego
puso proa a azules más hondos.
Cantaba la tripulación.
Nada podían contra ella
las horas y los vendavales.
Pero ahora se disuelve, como
un terrón de azúcar en agua.
Qué pensará el gato feudal
al saber que no tienen alma;
y los ajos, qué pensarán
el domingo los ajos, qué
pensarán el barril de orujo,
el tomillo, el cantueso, cuando
se miren al espejo y vean
su cara cubierta de arrugas.
Qué pensarán cuando se sepan
olvidados de quienes fueron
la prueba de su juventud,
el signo de su eternidad,
el pararrayos de la muerte.

Esta casa no es la que era.
Compasivamente, en la noche,
sigue acunándonos.

Contra Jaime Gil de Biedma
Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

¡Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Ángel González y Joaquín Sabina

Una pequeña nota de humor para despedir a un gran hombre. Es el tango que interpretó junto a Joaquín Sabina en la Semana Negra de Gijón cuya asistencia para el poeta ovetense, era obligada desde el año 1997.

Tango de la Semana Negra
(Joaquín Sabina - 2000)

Carvalho y Philippe Marlowe primos hermanos,
qué malinches tan cine made in aquí,
qué pinches gachupines tan mejicanos,
cuanto republicano sin pedigrí,
qué hueste tan ilustre de trashumantes,
qué arciprestes sin fe ni sombra ni luz,
qué nietos de sor Juana Inés de Cervantes,
qué mapa del revés, qué caras, qué cruz.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Qué cura José Alfredo pa’las heridas,
quién dijo non plus ultra, se equivocó,
qué vuelo de pañuelos de despedida,
que tren de Agathas Crhisties de Benidorm,
qué escocés en las rocas tan insurgente,
cuánta boca con dientes que amortizar,
perdí mi pasaporte, señor agente,
el norte no es tan norte, cerca del mar.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Los begin the begin, cuando terminan
estilo Lauren Bacall, dicen que no,
qué putas son las musas de las esquinas,
siempre acaban con otro mejor que yo.
Qué zócalo en el alma, viva Chavela
elemental dear Watson, traduzca usted,
crimen en Maracaibo, nueva novela
de Paco Ignacio Taibo, sale este mes.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Joaquín Sabina supo reflejar las virtudes de su amigo Ángel González en un soneto:

A Ángel González (Semana Negra de Gijón)

Qué desastre de gringo tan Oviedo,
que Quevedo tan fieramente humano,
que cónclave de sol, ¿quién dijo miedo?
que caracol, que padre tan hermano.

Que singular tan made in Espronceda,
que rosario de bares con esquinas,
dice vámonos ya pero se queda,
que arquitecto, que máster en ruinas.

Que arcángel de la guarda tan González,
que imán, que bien me sabe nuestro ahora,
que carita de plato de cabrales,

que bucanero anarcotraficante
mellando los puñales de la aurora,
que savoir faire, que caballero andante.

Ángel González

aqui

En muchas ocasiones he recurrido a los poemas de Ángel González para reflejar con sus palabras el amor, la libertad o las emociones que la vida ofrece y es hoy, un triste hoy cargado de ausencia, cuando vuelvo a recordar al poeta que nos abandona.

Los poetas no mueren, se quedan en la memoria de los que caminan por sus palabras. Las palabras que anuncian como profecía su eterno viaje hacia la nada:

Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo.
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-
podrá evitarlo:
exento, libre,
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,
creciente en un espacio sin fronteras,
este amor ya sin mí te amará siempre.

Ángel González nació en Oviedo, el 3 de septiembre de 1925. Pertenecía al grupo conocido como la Generación de los 50 ó de Medio Siglo entre los que se encuentran Jaime Gil de Biedma, Manuel Caballero Bonald, Carlos Barral o José Ángel Valente.

Licenciado en Derecho y fiel representante de la poesía social nacida, decía, del sufrimiento y el rechazo a la miseria de los años de la postguerra, su sentimiento de rebeldía hacia la Dictadura y la imposibilidad de enseñar Literatura en España le llevó a escapar en 1972 a Alburquerque (Nuevo México, Estados Unidos), en cuya universidad, que le nombró Doctor Honoris Causa en 1997, enseñó Literatura hasta que se retiró en 1993.

El Conformista

Cuando era joven quería vivir en una ciudad grande. Cuando perdí la juventud quería vivir en una ciudad pequeña. Ahora quiero vivir.

Miembro de la Real Academia Española de la Lengua desde 1996, fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias (1985) y el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana (1996).

Admirador de Claudio Rodríguez, Blas de Otero, José Hierro y Juan Ramón Jiménez, Ángel González fue un gran apasionado de la música. Colaboró con el cantautor Pedro Guerra en el libro-disco "La palabra en el aire" (2003) y en el trabajo "Voz que soledad sonando" (2004), con el tenor Joaquín Pixán, el pianista Alejandro Zabala y el acordeonista Salvador Parada.

Reverbera la música en los muros...
Reverbera la música en los muros
y traspasa mi cuerpo como si no existiese.
¿Soy sólo una memoria que regresa
desde el cabo remoto de la vida,
fiel a una invocación que no perdona?
Música que rechazan las paredes:
sólo soy eso.
Cuando ella cesa también yo me extingo.

De su obra poética destacan "Áspero mundo" (1955); "Sin esperanza, con convencimiento" (1961); "Grado Elemental" (1962); "Tratado de Urbanismo" (1967); "Palabra sobre palabra" (1968); "Breves acotaciones para una biografía" (1971); "Prosemas o menos" (1985); "A todo amor" (1988); "Deixis de un fantasma" (1992); la antología "Luz o fuego o vida" (1996); la antología "Lecciones de cosas y otros poemas" (1998); y "101+19=120" (2000). Entre sus ensayos figuran "Juan Ramón Jiménez" (1973); "El Grupo Poético de 1927" (1976); "Gabriel Celaya" (1977); y "Antonio Machado" (1979). Su último libro "Otoños y otras luces", poemas sobre la nostalgia, la elegía el paso del tiempo y la vejez (2001), fue publicado tras nueve años de silencio porque, declaraba, tenía que sentir la necesidad de escribir.

En una entrevista recuperada por RNE, Ángel González decía que no entendía la vida y que precisamente escribía poesía para intentar entenderla.

POÉTICA a la que intento a veces aplicarme.

Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
-adormecido el viento, la luz alta-
o ve su propio rostro o
-transparencia pura,
hondo fracaso- no ve nada.

Tal vez mejor así

Ángel González

Recuerda aún los adverbios temporales:
ahora, nunca, luego,
todavía, ya no...

Y repite, obstinado, alguno de ellos:
antes, después...

Solamente un olvido le atormenta:
después, antes... ¿de qué?

A mano amada

Ángel González

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio,
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
..........................................otros
apoyan en mi espalda
el alma blanda de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
.............................................me reclaman.

Reconozco los rostros.
..............................No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver más hondo,
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
...........................la memoria.

Aquí, Madrid, mil novecientos

Ángel González

Aquí, Madrid, mil novecientos
cincuenta y cuatro: un hombre solo.

Un hombre lleno de febrero,
ávido de domingos luminosos,
caminando hacia marzo paso a paso,
hacia el marzo del viento y de los rojos
horizontes –y la reciente primavera
ya en la frontera del abril lluvioso...–

Aquí, Madrid, entre tranvías
y reflejos, un hombre: un hombre solo.

–Más tarde vendrá mayo y luego junio,
y después julio y, al final, agosto–.

Un hombre con un año para nada
delante de su hastío para todo.

Donde pongo la vida pongo el fuego

Ángel González

Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde tengo el amor, toco la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego.

Lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.
Pero nunca o amor, mi fe segura:
jamás o llanto, pero mi fe fuerte.