Bernardo Atxaga
Por aquel entonces,
yo paseaba por las orillas de un río
que se doraba cada dos o tres atardeceres,
y pensaba que quizá ya hubieras muerto,
que quizá fueras a nacer más tarde,
el mismo verano de mi muerte,
como un árbol alimentado con zumo
de nubes color naranja.
Por todas partes buscaba tu vestido azul y rojo.
Algo después, una noche,
discutimos acerca del valor de las basuras,
sobre lo provechoso de los viajes largos;
Y aquel mismo otoño
te convertiste en la mujer de los muchos nombres,
eras Casiopea, y Pólux, e Isis and Pandora,
y tu pelo no era otro, adivina adivinanza,
que el de Berenice (elemental Mr. Watson).
Y hubo un día, quizá un lunes o un martes,
en que te escribí aquello de que en mi sexo
se encuentra (¡qué barbaridad!), Bagdad,
en mi cerebro crecen los bosques de Canadá;
Pero tú el bosque más frondoso.
Ahora soy tu torpe amante, te quiero etc.
como ante las puertas del invierno, etc. etc.
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Bernardo Atxaga
Fue cuando la vida cotidiana derramaba
cucarachas sobre la gente sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones
bien al estilo Snif, bien al estilo Buá;
fue cuando se pasaba miedo y se gritaba
si de madrugada sonaba un timbre o un tiro
allí por el tercero A, o B, o por error.
Fue cuando nosotros, la juventud en general,
Leíamos pornografía frente a las blancas
baldosas de los urinarios públicos
donde, a veces, sangrábamos por la nariz;
fue cuando el invierno se iba aproximando
y prometía muertes, no todas ellas naturales;
cuando en el fondo del corazón, todos deseaban
una llamada o una carta, y yo también.
Y fue efectivamente el invierno, y hubo ocas
en el cielo volando en forma de uve doble,
y fue el frío y la lluvia y la huelga general
en medio de una epidemia de gripe asiática;
y recuerdo un bar que alegó razones comerciales
para impedir la entrada de dos homosexuales;
que los mendigos reforzaron sus casas de cartón,
que las ardillas bajaron del bosque y atracaron
un supermercado diciendo, Alto, Manos Arriba,
¿Dónde está la caja fuerte de nueces?
Y después llegaron vagones llenos de silencio
para luchar calle por calle, casa por casa,
contra los Sustantivos, contra los Adverbios,
y yo estuve allí, y fue terrible, qué horror;
y los dispensarios recetaron píldoras anti,
los blancos repartieron prospectos de colores
con el lema de Ora, sí, pero sobre todo Labora;
y una tarde, por fin, ella hizo una llamada
desde muy lejos, y me pareció que sus palabras
eran de amor y con una pizca de sabor a miel;
en aquel tiempo, cuando la vida cotidiana
derramaba cucarachas sobre nosotros sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones,
bien al estilo Snif, bien al estilo Buá.
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