Jesús Urceloy
Él era un ricachón aburrido. Tenía
un criado vejete, muy listo y educado.
Vivía, como todos los ricos, allá lejos,
en una cas agreste, mausoleo y mansión.
La ciudad, la más negra que se puede soñar:
oscura y peligrosa. No sé por qué la gente
vivía allí: el alcalde se vendía a la mínima,
y siempre había bancos dispuestoa a la quiebra.
Por las noches el tipo cambiaba el atuendo:
guardaba en su castillo un mundo subterráneo,
un coche y artilugios de ataque y de defensa,
para volar, saltar, herir, desvanecerse.
Y todo aquel misterio -que quede entre nosotros-
lo llevaba a la par de un muchacho rubito
al que llamaba Robin. Él se decía Batman.
Ah, y que vestían algo parecido al murciélago.
Hay cosas que jamás me quedaron muy claras:
muchas veces la culpa no es del guionista
sino del traductor. ¿Por qué los buenos gozan
de un pasado ominoso, oscuro o cuanto menos,
difícil de explicar? ¿A qué la doble vida?
Los malos eran malos hasta durmiendo, incluso
vestían una moda de corte surrealista
y eran casi poetas y lo perdían todo.
Hay cosas que ya entiendo, pero que ya no digo,
y siempre sospeché -aunque infundadamente-
que algo más compartían Batman, Robin, la noche,
que un oscuro antifaz y un par de leotardos.
