La Coctelera

Categoría: Jesús Urceloy

El amo de la noche

Jesús Urceloy

Para David Panadero

Él era un ricachón aburrido. Tenía
un criado vejete, muy listo y educado.
Vivía, como todos los ricos, allá lejos,
en una cas agreste, mausoleo y mansión.

La ciudad, la más negra que se puede soñar:
oscura y peligrosa. No sé por qué la gente
vivía allí: el alcalde se vendía a la mínima,
y siempre había bancos dispuestoa a la quiebra.

Por las noches el tipo cambiaba el atuendo:
guardaba en su castillo un mundo subterráneo,
un coche y artilugios de ataque y de defensa,
para volar, saltar, herir, desvanecerse.

Y todo aquel misterio -que quede entre nosotros-
lo llevaba a la par de un muchacho rubito
al que llamaba Robin. Él se decía Batman.
Ah, y que vestían algo parecido al murciélago.

Hay cosas que jamás me quedaron muy claras:
muchas veces la culpa no es del guionista
sino del traductor. ¿Por qué los buenos gozan
de un pasado ominoso, oscuro o cuanto menos,
difícil de explicar? ¿A qué la doble vida?
Los malos eran malos hasta durmiendo, incluso
vestían una moda de corte surrealista
y eran casi poetas y lo perdían todo.

Hay cosas que ya entiendo, pero que ya no digo,
y siempre sospeché -aunque infundadamente-
que algo más compartían Batman, Robin, la noche,
que un oscuro antifaz y un par de leotardos.

Los antepasados

Jesús Urceloy

No había duchas. La gente por entonces
se moría de casi cualquier cosa.
Pero a veces alguno se asomaba,
miraba alguna luz y sonreía.
Poco más. Nada más. Luego, a la casa.
A compartir si había qué. Aunque fuera
la muerte, el hambre, el miedo, la incultura:
sabe rica la muerte de esta noche,
mujer, niños, comed que se os enfría,
comed todos, comed, agua y dolor,
hasta el agotamiento: que no sobre.

Eso pasaba entonces. Un pariente lejano
llegaba alguna tarde para quedarse un tiempo.
No mucho, la verdad. La gente se moría
con cierta propiedad, al poco de nacer,
a veces algo más... Eran diciembres duros.
Así que vámonos, marido, que hoy se casa
la prima, sí, la enferma de leucemia,
la que nunca dejó que la enterraran.
Vosotros portaos bien y rebañad
a fondo el plato, la humedad, el moho.

Y todo el día
trabajando. Qué hacer. No había otra cosa.
Eso de los poemas, los poemas...
La gente se dejaba
morir con las tormentas:
esperaban el paso de un carruaje,
o miraban al cielo. Nada más.