La Coctelera

Categoría: Joaquín Sabina

Mara Torres entrevista a Joaquín Sabina

El pasado 11 de marzo, Mara Torres entrevistó a Joaquín Sabina en su programa "La 2 Noticias", con motivo de la publicación de su nuevo libro "A vuelta de correo".

Me pareció muy interesante y emotiva, no sólo por escuchar a Sabina sobre el contenido de su nueva publicación, sino por recordar a las víctimas del 11M con "Yo me bajo en Atocha" por fondo... ¿Quién podría predecir en 1998 el significado de esos textos después de la tragedia?

"... pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid, pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid, pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid..."

Para bordar la entrevista, un recuerdo de los poetas amigos, los que están y los que se fueron. Estos son sus poemas:

Resumen
Luis García Montero

No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo
a los que no me haya doblegado.
Por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te doy,
por eso cuido tanto las cosas que te digo.

Un largo adiós
Ángel González

Qué perezoso el día
que no quiere marcharse
hoy a su hora.

El sol,
ya tras la línea lúcida
del horizonte,
tira de él,
lo reclama.

Pero
los pájaros lo enredan
con su canto
en las ramas más altas,
y una brisa contraria
sostiene en vilo el polvo
dorado de su luz
sobre nosotros.
Sale la luna y sigue siendo el día.
La luz que era de oro ahora es de plata.

La casa
José Hierro

Esta casa no es la que era.
En esta casa había antes
lagartijas, jarras, erizos,
pintores, nubes, madreselvas,
olas plegadas, amapolas,
humo de hogueras...

Esta casa
no es la que era. Fue una caja
de guitarra. Nunca se habló
de fibromas, de porvenires,
de pasados, de lejanías.
Nunca pulsó nadie el bordón
del grave acento: "nos queremos,
te quiero, me quieres, nos quieren..."
No podíamos ser solemnes,
pues qué hubieran pensado entonces
el gato, con su traje verde,
el galápago, el ratón blanco,
el girasol acromegálico...

Esta casa no es la que era.
Ha empezado a andar, paso a paso.
Va abandonándonos sin prisa.
Si hubiera ardido en pompa, todos
correríamos a salvarnos.
Pero así, nos da tiempo a todo:
a recoger cosas que ahora
advertimos que no existían;
a decirnos adiós, corteses;
a recorrer, indiferentes,
las paredes que tosen, donde
proyectó su sombra la adelfa,
sombra y ceniza de los días.
Esta casa estuvo primero
varada en una playa. Luego
puso proa a azules más hondos.
Cantaba la tripulación.
Nada podían contra ella
las horas y los vendavales.
Pero ahora se disuelve, como
un terrón de azúcar en agua.
Qué pensará el gato feudal
al saber que no tienen alma;
y los ajos, qué pensarán
el domingo los ajos, qué
pensarán el barril de orujo,
el tomillo, el cantueso, cuando
se miren al espejo y vean
su cara cubierta de arrugas.
Qué pensarán cuando se sepan
olvidados de quienes fueron
la prueba de su juventud,
el signo de su eternidad,
el pararrayos de la muerte.

Esta casa no es la que era.
Compasivamente, en la noche,
sigue acunándonos.

Contra Jaime Gil de Biedma
Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

¡Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Ángel González y Joaquín Sabina

Una pequeña nota de humor para despedir a un gran hombre. Es el tango que interpretó junto a Joaquín Sabina en la Semana Negra de Gijón cuya asistencia para el poeta ovetense, era obligada desde el año 1997.

Tango de la Semana Negra
(Joaquín Sabina - 2000)

Carvalho y Philippe Marlowe primos hermanos,
qué malinches tan cine made in aquí,
qué pinches gachupines tan mejicanos,
cuanto republicano sin pedigrí,
qué hueste tan ilustre de trashumantes,
qué arciprestes sin fe ni sombra ni luz,
qué nietos de sor Juana Inés de Cervantes,
qué mapa del revés, qué caras, qué cruz.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Qué cura José Alfredo pa’las heridas,
quién dijo non plus ultra, se equivocó,
qué vuelo de pañuelos de despedida,
que tren de Agathas Crhisties de Benidorm,
qué escocés en las rocas tan insurgente,
cuánta boca con dientes que amortizar,
perdí mi pasaporte, señor agente,
el norte no es tan norte, cerca del mar.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Los begin the begin, cuando terminan
estilo Lauren Bacall, dicen que no,
qué putas son las musas de las esquinas,
siempre acaban con otro mejor que yo.
Qué zócalo en el alma, viva Chavela
elemental dear Watson, traduzca usted,
crimen en Maracaibo, nueva novela
de Paco Ignacio Taibo, sale este mes.

Qué noches de callejón sin salida,
derroche, Tenampa patria querida,
mi coche vuela en dirección prohibida
rumbo a la Semana Negra
que le alegra el corazón a Gijón.

Joaquín Sabina supo reflejar las virtudes de su amigo Ángel González en un soneto:

A Ángel González (Semana Negra de Gijón)

Qué desastre de gringo tan Oviedo,
que Quevedo tan fieramente humano,
que cónclave de sol, ¿quién dijo miedo?
que caracol, que padre tan hermano.

Que singular tan made in Espronceda,
que rosario de bares con esquinas,
dice vámonos ya pero se queda,
que arquitecto, que máster en ruinas.

Que arcángel de la guarda tan González,
que imán, que bien me sabe nuestro ahora,
que carita de plato de cabrales,

que bucanero anarcotraficante
mellando los puñales de la aurora,
que savoir faire, que caballero andante.

Otra vez en Madrid

Joaquín Sabina
(XVIII De "Ciento volando de catorce")

Otra vez en Madrid, de matinada,
desenchufado, lúgubre, beodo,
dueño de mí, quiero decir con nada,
fuera de ti, quiero decir sin todo.

Otra vez con el tic estrafalario
de embridar taquicardias cimarronas,
otra vez sobornando al calendario,
otra vez blanqueando las neuronas.

Otra vez las abyectas navidades,
con su almidón, su nuera, su chupete,
su turrón de Xixona y su maceta,

y Mamá Inés contando necedades
y las noches de paz, apaga y vete,
y el billete de ida a otro planeta.

Cada treinta de febrero

Joaquín Sabina

Como un duelo del sheriff del condado
contra Billy the Kid en Almería,
como dos anarquistas jubilados
que vieron el Madrid de los tranvías,

con pan y toros, sin coros ni danzas,
como le dijo el sádico al masoca,
tenemos libertad bajo fianza,
sangre en las venas que no desemboca.

Cuando la cerradura entra en la llave
fingimos aprender del que no sabe
y hablamos de perico y de Scorsese.

Como dos nuevos ricos sin dinero
nos vemos cada treinta de febrero
y volvemos a casa haciendo eses.

Cuando aprieta el frío

Texto: Benjamín Prado
Canta: Joaquín Sabina (El hombre del traje gris, 1988)
Música: Pancho Varona

Viajero que regresas a esa ciudad del norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón.

Háblale de mi vida, las autopistas negras
que atraviesan volando mi terca soledad,
esa gente que pasa por la calle, llevando
mi pensamiento al otro lado de la ciudad.

Cuando de ella y de mí queden sólo estos versos,
los hoteles que un día quisimos compartir,
los coches aparcados sobre nuestro recuerdo,
la Glorieta de Atocha donde la conocí,

dile que estoy parado al final de mí mismo
igual que un aduanero sin nadie a quien multar,
como un autoestopista debajo de la lluvia,
como la menopausia de una mujer fatal.

Y dile que la echo de menos,
cuando aprieta el frío,
cuando nada es mío,
cuando el mundo es sórdido y ajeno,

que no se te olvide,
es de esas que da
siempre un poco más
que todo... y nada piden.

Cuéntale que la extraño y que me siento seco
igual que un presidente dentro del autobús,
como una Kawasaki en un cuadro de El Greco,
igual que un perro a cuadros, igual que un gato azul.

Lo peor del amor

Joaquín Sabina


Lo peor del amor, cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
la golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman el humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos...

En Ciento volando de catorce (editorial Visor de Poesía, 2001) aparece otra versión, aparentemente similar, pero con una ligera variación:

XCIII
Puntos suspensivos

Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después osn los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléofnos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.